La guerra desarmada

Después de dejar las armas, unos 7000 exguerrilleros colombianos deberán enfrentar una vida que no conocen y nuevas batallas: desde recuperar a sus familias hasta la subsistencia. Martín Caparrós cuenta la vida de las Farc sin armas en un campamento de normalización.

Hay armas. En la vida colombiana hay armas: policías muy pertrechados en las calles, custodios en edificios públicos y privados, retenes del ejército cada pocos kilómetros de ruta. Hay armas: por todas partes hay armas salvo aquí.

 

—¿Qué va a ser de nosotros, ahora, sin las armas? Yo no sé. ¿Usted sabe?

 

Aquí, en el departamento del Cauca, suroeste del país, entre montañas verdes, yace una de las 26 zonas en las que siete mil excombatientes de las Farc avanzan hacia la vida civil a paso casi vivo. Aquí, como en cada campamento, los ex acaban de completar la entrega de sus armas a la ONU: miles de fusiles, pistolas, granadas, morteros y minas que un día serán metal fundido, monumentos. Y ahora los ex se sienten raros, no se hallan.

 

—Para muchos de nosotros el arma era como la esposa. Yo conozco a varios que lloraron cuando tuvieron que entregarla.

 

Dice Daniel, y se ríe. Daniel es un Tintín moreno: bajo, robusto, cara ancha, la mirada sonriente. Daniel —por su seguridad, en esta historia no habrá apellidos— se fue a la guerrilla a sus 16: tenía una novia, problemas con el padre de la novia, un hermano guerrillero y prefirió ese escape. Fue hace casi dos décadas: en ese tiempo peleó muchos combates, caminó muchas selvas, esquivó muchas bombas; le sacaron una bala de la espalda y le dejaron una en el brazo derecho. En ese tiempo su hermano murió en combate, su novia en una emboscada, tantos amigos y compañeros en encuentros, ataques, delaciones.

—Lo que te da fuerza es cuando ves que al lado mataron a tu compañero. Ahí se te calienta la sangre, quieres salir y echarles bala a todos, no te importa más nada.

 

Dice, suave, como si hablara desde lejos.

 

—¿Qué extrañas de esos años?

 

—Nada. La guerra es pura mierda, nada para extrañar. A estas horas, cuando estábamos allá, era la hora en que empezaban a caer las bombas.

 

—¿Y ahora en cambio duermes tranquilo?

 

—No. El que estuvo en una guerra nunca va a dormir tranquilo. Y si sigues teniendo un enemigo, menos.

 

***

 

Son las cinco menos diez; en la noche cerrada suenan pitos. Intentan despertarnos: los últimos remolones se levantan, corren para empezar el día. Los pitos siguen y los ladridos y alguna radio con reguetón o vallenato. Dan las cinco: en un playón de cemento con su techo de lata, al lado de la cocina grande y casi vacía, 25 hombres y 5 mujeres se forman en tres filas. Los exguerrilleros ya no usan uniformes; ahora llevan bluyín o chandal, botas de goma, camisetas de colores y un abrigo: hace fresco, a estas horas. Daniel, al frente, les reparte las tareas del día. Ninguno de los formados tiene más de 30 años y casi todos son bajos y cobrizos: indígenas nasa, los más nutridos en el sur de Colombia. Los rondan siete u ocho perros, tres o cuatro niños. Por todos lados, aquí, hay niños, perros, moscas.

 

—¡Escuadra, retirarse!

 

Grita Daniel y todos se dispersan. Le pregunto para qué forman.

 

—Todo ejército tiene que tener sus normas y su disciplina.

 

Me dice, y que el que no se presenta recibe su sanción: lo ponen a lavar las ollas o a limpiar los baños o esas cosas.

 

—Pero ustedes ya no son un ejército.

 

—Lo que no somos es armados, pero tenemos que mantener el mismo orden. Como un ejército pero sin las armas.

Publicado originalmente em: https://www.nytimes.com/es/2017/07/21/la-guerra-desarmada-farc-colombia/?rref=collection%2Fsectioncollection%2Findex

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